sábado, 19 de junio de 2010

infancia Argel

Fui la menor. Eso puede sonar bien, si lo vemos como la más regalona, pero también puede sonar mal si pensamos que a la última, nunca se le explica nada, y se da todo por entendido. Así me pasó a mí. La mayoría de las cosas las tuve que concluir de fragmentos de conversación robados al descuido de los mayores . Me creía muy madura , pero no sé porqué. No recuerdo que mi madre o mi padre se sentaran algún día a explicarme cosas. Como cuando partimos de Chile. Como porqué Argelia. No, ninguna explicación. Sólo sé que de pronto, con 9 años , después de ser la típica niña "brillante" de colegio británico de provincia, me encontré en el norte de África, sin conocer el idioma, bajo el implacable sol mediterraneo de junio, descubriendo hormigas gigantes en la sorprendente tierra roja que tapizaba el complejo habitacional dónde viviríamos los siguientes 9 años .
Tocaba adaptarse y rápidamente lo absurdo llegó a formar parte de lo cotidiano.
Cuando mi papá me inscribió en el colegio francés de Argel, simplemente me pusieron en un curso superior, por error o por negligencia ya que al darse cuenta del hecho tampoco importó, asumiendo que daba lo mismo… y así quedé , la chilenita más pequeña del curso, por edad y por porte, estigma que arrastré por toda la escolaridad . En verdad fue una experiencia divertida. Recuerdo perfectamente a algunos de mis compañeros, Wambo de Zaire , me daba susto al comienzo, nunca había visto un negro de verdad. Milja de Yugoslavia ( divertido también pensar que ni Zaire ni Yugoslavia existen hoy), había también un chico rumano cuyo nombre borré de mi memoria, que era un balazo para las matemáticas, Attila de Hungría , una Nathalie , francesa, ultra antipática , y estaban también Patricia y Juan Pablo de Chile y un montón de Karim, Nadjat , Yasmine, Philippe, Isabelle….. No alcanzaba a darme cuenta de lo excepcional de este mapamundi representado en un salón de clases en el que nos sentábamos en pupitres que se juntaban en una U, escuchando a un maestro de origen indio, admirador absoluto de Francia y que despreciaba al resto del mundo. Para qué decir que América Latina ni siquiera calificaba en su evaluación valórica y esta llegada de chilenos a su clase lo tenía sin cuidado.
Aún recuerdo su cara de completa estupefacción al corregir un día las redacciones de francés sobre no recuerdo qué tema. Me llamó a su escritorio y pensé qué habré hecho, acostumbrada a ser objeto sólo de sus comentarios lapidarios o sus retos o sus burlas por nuestro mal francés. Pero ya habían pasado un par de meses y los niños chilenos ya hablábamos y escribíamos francés casi aceptablemente. Pero esta vez al acercarme , me di cuenta que su expresión era distinta. Me preguntó si alguien me había ayudado a hacer la tarea. No, le contesté. Entonces llamó a su señora, la maestra de 4º año, un curso más bajo que el nuestro , francesa por supuesto y los escuché discutir un rato mientras me miraban de reojo. Entonces , casi obligado y sin mirarme , me dice “ mira , no sé cómo lo hiciste pero esta es la mejor redacción que he visto hace tiempo.” Y tuve un A+… no estaba feliz porque comprendí que pensaron que había hecho trampa. Sólo que de ahí en adelante obtuve las mejores notas en francés , para siempre. No pasó lo mismo con matemáticas. Siempre quedé con la sensación de un vacío que jamás recuperé , más por un déficit de confianza que por verdadera flaqueza de conocimientos, pero quizás podríamos dejar éste como el primer elemento de inseguridad de mi vida…

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