viernes, 4 de junio de 2010

Un Cuento (que nadie quiere leer)

Este es un cuento de príncipes y hadas. Claro que no de príncipes encantados ni de hadas mágicas, sino que de príncipes y hadas bastante humanos.



Había una vez hace mucho, mucho tiempo en un país lejano que ya nadie recuerda, un pequeño príncipe. Era muy querido por toda la gente porque tenía muy buen corazón, era puro y sincero, era respetuoso e inocente, y tenía grandes ansias por aprender. Solía pensar que era un niño con suerte, ya que donde iba siempre se hacía querer, y la vida se le hacía más fácil. En el país olvidado, la gente lo llamaba el Principito.
Al Principito le gustaba explorar y a menudo se iba a estudiar las plantas y los árboles del bosque. Ahí observaba y tomaba apuntes y dibujaba, y sus conocimientos de botánica ya alcanzaban un buen nivel, pero hubiera querido aprender más. Fue entonces que se encontró con el hada. Como todo el mundo sabe las hadas viven en los bosques, junto con los duendes, genios y otros.
El hada llevaba varios días observando al Principito, y fue cuando lo vio cansado que se le acercó y le dijo: “si quieres yo te puedo enseñar algo más”. Él no se sorprendió en absoluto. Su corazón de niño no dudó ni un momento en aceptar tan generosa invitación. Y el hada estaba feliz de tener tan aventajado pupilo. Además todo el mundo sabe que cuando alguien cree en las hadas, éstas se fortalecen.
El principito aprendía rápido y pronto el hada se dio cuenta que no tenía mucho más que enseñarle.
“Ve ahora a los montes” le dijo. “Tienes que aprender también de otras cosas, pero no te puedo acompañar allá, ya que no puedo abandonar los bosques….ya encontrarás algún otro profesor”…. El principito la miró un poco con pena, un poco agradecido y le prometió venir a verla seguido. Ella sabía que no sería así pero igual le sonrió y le dijo “me las arreglaré para saber de ti… un ojo mío te irá siguiendo, porque te llevas parte de mi alma…. Aunque sea de lejos, velaré porque seas feliz”. Se abrazaron y se despidieron, emocionados.
El partió a los montes y de ahí se fue al mar, y así fue creciendo su sabiduría pero su corazón permanecía puro. El hada seguía con sus actividades en los bosques, con los duendes y los genios y se encontraba bastante ocupada porque en estos días se discutía si las hadas seguían siendo útiles, sobre todo las como ella, que eran hadas de las emociones, del amor y de la entrega. Un movimiento de genios decía que en estos días, ya no se requerían emociones y que sólo las buenas ideas valían, las ideas geniales.
Como los genios tenían mucho poder, las hadas como la de nuestro cuento se veían fuertemente amenazadas. Y como nadie ha escuchado jamás hablar de hadas cesantes, hay que creer que el movimiento iniciado en esos tiempos en el país olvidado, debe haber resultado bien. Pero la cosa es que ella se encontraba bastante atareada, lo que no le impedía acordarse a menudo del Principito, de quién se había encariñado mucho.
El Principito por su lado tenía múltiples y en realidad agotadoras actividades. Reuniones con otros príncipes y princesas, encuentros científicos de príncipes sabios, olimpiadas de príncipes, por sólo nombrar algunas. A veces recordaba su hada y le complacía mantener la ilusión de que las hadas como ella seguirían existiendo mientras príncipes como él siguieran creyendo. Porque si algo había aprendido él de ella, no era tanto de plantas sino de la importancia del dar, sin esperar a cambio, y de la belleza de compartir un pensamiento, una idea, un proyecto. Se había dado cuenta que a veces el ayudar no era necesariamente hacer un montón de cosas, sino simplemente estar ahí, para escuchar y tomar la mano. Pensaba que cualquier día de estos iba a volver al bosque a decirle al hada lo que había aprendido, pero los días pasaban y sus actividades se iban multiplicando.


Después de un tiempo, él volvió a los bosques pues debía terminar algunos apuntes de botánica que habían quedado inconclusos. Y no se conoce un buen príncipe de nuestro país olvidado que no haya sido un erudito en plantas. El Principito buscó al hada y ella apareció inmediatamente.
El principito le dijo “estoy súper feliz de estar aquí, y voy a pasar unos meses en el bosque”. En ese momento sonaba como que eran muchos….Ella se puso muy contenta porque pensó que iban a tener mucho tiempo para conversar y aprender el uno del otro. Ella lo veía con ternura, como si fuera un poco un hijo, un discípulo a quién legar sus emociones. Lo veía conversar con otros príncipes, tomar y cuidar las plantas y le parecía que su delicadeza sólo podía explicarse por un alma extraordinaria. En realidad depositó en él sus sentimientos más esperanzados.
Sin embargo el tiempo había pasado, el Principito ya no era tan niño, y ella lo había estado pasando mal en su bosque de duendes, hadas y genios. Tenía pocas hadas con quién conversar ya que todas estaban muy ocupadas, los duendes andaban por ahí preocupados de sus travesuras y los genios tratando de imponer sus opiniones en forma cada vez más dictatorial. Sin darse cuenta como, pronto para el hada los momentos más gratos fueron los escasos encuentros con el Principito.
Por algún capricho de las estrellas justo en ese momento el Principito entró en una fase de crisis, preguntándose el porqué de las cosas, el porqué debía ser tan complaciente y tan agradable para los demás… pensó que tenía que averiguar que era lo que quería él realmente y eso le significó romper con muchas estructuras que antes le daban seguridad.
¿Y que pasa cuando un hada triste y un Príncipe rebelde se encuentran?
El Principito un día se sentó bajo un árbol tremendo y solitario y pronto se apareció el hada. Ella tenía mil años pero cuando estaba con el Principito los años y las penas desaparecían y sólo quedaba la alegría de estar junto a él , de poder contarle, escucharle, aconsejarle …hubiera querido darle mucho más, acurrucarlo ,protegerlo y darle respuesta a todas sus interrogantes pero sabía que no podía . Hay algunas reglas que no se puede infringir y una de ellas es que las hadas no atraviesan la línea que las separa de los Príncipes.
“¿Porqué te has estado arrancando de mí?”-le preguntó ella… Era un hada un poco perseguida en verdad pero igual él la quería porque siempre había gozado de su preocupación y de su generosidad sin que él tuviera mucho que hacer más que dejarse querer. El Principito trató de explicar lo que ni él mismo entendía, que estaba cansado, que quería hacer cosas por él, y que quería ir más allá de los límites del país olvidado.
Ya no hablaban de plantas, sino de él y a veces también de ella. A ella se le ocurrió contarle sus problemas y él se sorprendió porque nunca pensó que las hadas pudieran tener problemas, y menos con los genios. Se dio cuenta que ella había estado triste y sola. Pero se dio cuenta que de ella también quería arrancar porque ella le imponía sin querer normas de conducta.
Ella le aconsejaba que descansara, nunca las decisiones que se toman cansado son buenas, le dijo. Pero él no la escuchaba. Así fueron cayendo las hojas del árbol y ellos seguían ahí sentados. Ella se sentía pequeñita y él emocionado. Cuando las palabras quedaron cortas se tomaron de la mano y al querer abrazarse para decirse lo mucho que se querían, se dejaron llevar y rompieron la regla: se besaron.


Entonces el bosque inmediatamente se enfureció. Las ramas se enredaron y la luz se escondió, el viento sopló… ¡Las hadas no besan a los príncipes, y los príncipes tampoco a las hadas! Eso todo el mundo lo sabe y ellos habían desobedecido.
Como él era joven aún, le echó la culpa a ella y ella, también se la echó a ella porque tenía mil años y eso la hacía responsable. Ella lo quería entrañablemente y se culpó, se culpó mucho por lo sucedido. El Principito salió corriendo del bosque y decidió no volver en mucho tiempo. Ella intentó buscarlo, llegar a él, pero no podía salir del bosque así que no lo volvió a ver más.
Él decidió que no iba a creer más en hadas, y así ella se fue debilitando. Las hadas necesitan que crean en ellas para seguir vigorosas y activas. Este mundo ya ha matado muchas hadas, por eso poco espacio queda a las emociones y de existir, éstas son despreciadas.
Ella se quedó en el bosque, triste y cansada. Escuchó a otros príncipes y otras princesas que la culpaban y su pena fue creciendo. Ella era hada de emociones buenas, del amor y del perdón, no soportaba vivir con la idea que se la culpara de maldad, egoísmo o mala fe. La culpa que ella aceptaba, pensaba ella, era la de haber atravesado la frontera prohibida del mundo de los Príncipes y del mundo de las Hadas….aunque en el fondo de su corazón el amor que ella sentía por el Principito seguía reclamando su derecho a existir y le costaba razonar y aceptar que tenía algo que reprocharse.
Sola y sin Principito a quién acompañar, se dedicó a resolver los problemas de su bosque. Organizó debates y se logró normar los roles de duendes, genios y hadas sin menoscabar ninguno, eso la hizo sentir mucho mejor. La vida en el bosque mejoró y volvió a sentirse parte del bosque. Pero cada vez que recordaba al Principito una nube ensombrecía su frente y su energía bajaba…por suerte otros príncipes la habían mantenido ocupada, haciendo miles de preguntas, haciéndola sentir viva y creyendo en ella. Gracias a eso sobrevivió.
El bosque ya le había perdonado su falta, pero el Principito no volvía. Ella les encargaba a los pájaros del bosque que le dijeran al Principito que volviera, sólo para darse una oportunidad de rescatar el cariño. ¿Acaso se puede desechar el amor por un error como un beso? ¿Es imposible superarlo? Ella sabía que el tiempo en este caso, no iba a curar la pena, sino que iba a hacer morir el cariño. Y ella no quería eso, había perdido demasiadas veces en su vida a gente y lugares que le importaban mucho. Y cuando se tiene mil años, esas cosas cuentan.
Se preguntaba como estaría el Principito. ¿En qué lugar lejos de su reino andaría, cuánta inocencia habría perdido, cuánta fe le quedaría?

El final de este cuento, no lo conozco. A lo mejor tú puedes escribirlo. Quizás el Principito nunca vuelva, y en los mil años que le quedan al hada, tendrá que aprender a vivir con esa penita , de no haber hecho las cosas bien con quién tanto quería. De haber perdido toda oportunidad de estar algo cerca en su vida. De estar ahí cuando el Principito fuera padre. De estar ahí cuando el Principito fuera mayor.
O quizás, cuando sus heridas hayan sanado, el Principito logre darse una oportunidad real de perdonar. De perdonarse a sí mismo y de entender que lo vivido previamente igual era rescatable. Que un solo beso no puede borrar de un plumazo años de conocerse, de entregarse.
Que las hadas sí existen y que él tiene la suya, escondida en el bosque…

No hay comentarios:

Publicar un comentario