Lo viví como una aventura, en la que jeques y caballos árabes eran tan normales como los militares entrando a mi casa en Chile.
De alguna forma mis padres lograron mantener una esfera de normalidad con una familia que hizo todo lo posible por permanecer unida, aunque La Habana se hubiera quedado con mi hermano mayor y París con el segundo.
Los locos años maghrebinos fueron también aquellos en que descubrí a mi padre sin turnos y a mi madre sin peluquería, dónde los chilenos formaron una colonia que se reunía, cantaba, comía y paseaba por los hermosos y salvajes paisajes argelinos y dónde el pertenecer a un momento histórico relevante nos hacía sentir ... únicos. Cómo si de nosotros hubiera dependido el futuro de Chile...¡qué risa!
Mi fantasía de niña rellenaba con imaginación lo que le faltaba a la realidad, y frente a mi ventana se pavoneaba el Mediterráneo, y por la playa desfilaban los hermosos caballos sin que nunca supiera hacia dónde iban. Y podría gastar miles de palabras describiendo los lugares pero jamás podré explicar el efecto de la luz implacable, los ruidos, las plegarias, los corderos, los olores, el jazmín, la flor del naranjo y la flor de la pluma.
Mi exilio no fue triste porque a pesar de dejarlo todo, a pesar de descubrir el dolor y la crueldad del hombre, una puerta enorme se me abrió hacia el mundo y recuerdo cuando a los meses de estar en el colegio mis amigos africanos,árabes, franceses, turcos, alemanes,eslavos latinos... formaban conmigo una pandilla de lo más heterogénea y "normal".
Mi exilio no fue triste porque me regaló un idioma y medio, si consideramos que los garabatos en árabe pueden constituir un "medio"... me regaló música y libros...me regaló tolerancia...
Me regaló los pasteles árabes...y el cous cous...y el méchoui.... ( los dátiles , los devuelvo con mucho respeto, no se me ofendan...) y el henna y el khol...y las joyas de Kabylie con sus corales y sus esmaltes azul, amarillo y verde...
Por eso y por tantas , tantas otras cosas .... mi exilio no fue triste....
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